El arte venezolano es reconocido como
uno de los epicentros de la abstracción geométrica en Latinoamérica, corriente
que coincide de manera general con el ideal de desarrollo sustentado por las
elites intelectuales y políticas del hemisferio. Inmerso en esta perspectiva, Alejandro Otero escribió en
1952: "(...) la pintura abstracta es en su conjunto, mucho más que la
expresión individual de alguien (...). Ella está tratando por otras vías de
integrarse a la vida colectiva y a usos de orden práctico y utilitario"
(2). Las palabras de Otero
sintetizaban las aspiraciones de la generación "disidente", entonces
enfrascada en el propósito de trascender la mimesis naturalista e insertarse de
manera activa en la transformación de la realidad, cuestión asociada por
entonces a la producción de un arte vinculado a la práctica arquitectónica, el
diseño y el urbanismo.
En su momento histórico, el arte geométrico consiguió logros significativos en materia estética y cultural, pero no logró trascender las contradicciones socio económicas que le dieron origen, aún vigentes y con clara tendencia a su agravamiento. Sin embargo, en los últimos años se ha producido una fuerte revalorización de los lenguajes asociados al legado moderno en los circuitos internacionales del arte, especialmente en los metropolitanos. En Venezuela también están apareciendo una serie de propuestas orientadas a la revisión de los postulados de la abstracción geométrica y su relación con el proyecto nacional. En algunas ocasiones se trata de aproximaciones nostálgicas, mientras en otras oportunidades se cuestiona críticamente su carácter utópico. Nos interesa en este comentario reflexionar sobre aquellas proposiciones donde las estructuras del pasado reciente están sumergidas en el imaginario cotidiano, como síntomas de un proyecto inconcluso, que lejos de mostrar el esplendor y la pureza de las formas, hace explicito su carácter de ruina prematura.
La ciudad y los símbolos son las
instancias desde las cuales se ventilan estos temas. Solo hay que mirar bien,
explorar tras las fachadas y revisar la genealogía latente que informa estas
tentativas en las obras de Daniel Medina, Jaime Gili, Muu Blanco, Gerardo
Rojas, Erika Ordosgoitti, Bonadies & Olavarría, Iván Candeo, Federico Ovalles Ar, Ali González, Jorge Pedro Núñez e Iván Amaya, entre otros. Edificios, rejas, urbanizaciones, fachadas,
paredes y muros sirven como referente de estas geometrías sumergidas,
camufladas en el quehacer diario, desprendidas ya del aura provisorio que
tuvieron en otro tiempo. Geometrías precarias, palimpsestos monumentales, donde
se yuxtaponen funciones y signos antagónicos: ranchos "ensamblados"
con todo tipo de materiales reciclados (zinc, cartón, madera, etc.),
rascacielos inacabados empleados como viviendas, ladrillos recuperados que se
transforman en tramas coloridas, rejas de seguridad convertidas en dispositivos
cinéticos.
Así como el paisaje -ese género que marcó el proceso de renovación artística a inicios del siglo XX- reapareció décadas más tardes en las propuestas de intervención en ambientes naturales, la geometría regresa a la escena visual del país como un arquetipo travestido, inserto de manera subrepticia en la imagen fotográfica, el vídeo, la instalación y la gráfica. Frente a estos desplazamientos hay que interrogar las formas y las estructuras en su conexión con las representaciones colectivas para entender el lugar que ocupan en el desigual reparto del mundo sensible. Las nociones de orden y progreso, tácitamente asociados con el arte geométrico, pierden su preeminencia simbólica ante la inoperancia de las políticas publicas y el deterioro del patrimonio cívico.
Al contemplar los registros y
proposiciones visuales que toman como referente diversos aspectos de la ciudad
como las torres del Centro Simon Bolívar, los superbloques del 23 de enero, el
Helicoide, la Universidad Central de Venezuela y otras edificaciones que
surgieron del entusiasmo moderno, se advierten las complejas declinaciones de
la geometría en la contemporaneidad. Las estructuras siguen allí, pero ya no
funcionan igual ni significan lo mismo. Se han convertido en el
testimonio de una promesa incumplida, refutada por las contingencias de la
propia cotidianeidad donde pretendía insertarse. Pero no hay que confundirse:
esa latencia de lo geométrico no significa su resurrección; se trata de la
proyección especular de una utopía que sigue operando subliminalmente en el
inconsciente colectivo. El país sigue siendo, como al principio, un tinglado de
robustas estructuras sobre los frágiles pilares de un palafito.
Caracas, abril de 2015
Notas:
1.- Artículo publicado en la revista
Habitat Plus. Año 8, Edición 72. Junio de 2015, pp. 46-50. También reproducido en:
http://www.habitatplus.com.ve/venezuela/geometrias-sumergidas-ruinas-cotidianas/#
2.- Alejandro Otero polemiza con Mario
Briceño Iragorry a propósito del arte abstracto, de carillones y campanas, El
Nacional, 7-5-1952. p 14. En, Alejandro Otero. Memoria crítica. Monteávila
Editores, Caracas, 1992, p. 76
Lista
de imágenes
01.-
Alí González. El río (detalle), 2008. Instalación:
pintura sobre ladrillo. Colección particular / Iván Amaya. De la serie “Ciudades de arriba” (exterior), 2006-2010. Fotografía
/ Gerardo Rojas. Tamayo & CIA,
2008. Fotografía / Muu Blanco. Los palos
grandes B, 2008. Fotografía.
02.-
Iván Candeo. Paisaje a caballo, 2011.
Video / Federico Ovalles Ar. Maracaiwoa,
2006. Intervención / Jaime Gili. Salve. Manzanillo,
Nueva Esparta, Venezuela, 2009. Instalación.
03.- Daniel Medina. Libro 1 (Torres de El
Silencio), 2012. Collage. Colección
particular (Foto: Ángela
Bonadies) / Bonadies & Olavarría. Sin título. De la serie “La torre de David”, 2011. Fotografía / Érika Ordosgoitti. Del caño al 23, 2009.
Fotoperformance (Foto: Henry Rojas) / Jorge Pedro Núñez. El sueño de una casa, 2011. Collage. Colección particular.